"...En la época del diluvio moraban sobre la tierra los gigantes, muchos perecieron sumergidos en las aguas, algunos quedaron convertidos en peces y sólo siete hermanos sobrevivieron en las grutas de la montaña de Tlaloc.
Xelhua uno de los gigantes, fue al sitio que después se llamó Cholollan y con grandes adobes fabricados en Tlamanalco y conducidas de mano en mano en una fila de hombres que era igual de larga que la distancia entre ambos pueblos, comenzó a construir la pirámide en memoria de la montaña en que fue salvado.
Tonacatecutli irritado y padre de todos los dioses, lanzó el fuego celeste, pues la construcción amenazaba con llegar a las nubes y con una gran piedra en forma de sapo mató a muchos constructores dispersándose el resto y de ahí no paso adelante la construcción; sin embargo el monte artificial subsiste todavía atestiguando
el gran poder de Xelhua el gigante"
Fuente//Internet
http://historiantigua.obolog.com/cholultecas-230864
De todo un poquito... Experiencias del diario vivir, algo de música, historia...algunos cuentos costarricenses, latinoamericanos, precolombinos, cuentos de otras culturas y de muchos géneros. Revisiones de libros, biografias y uno que otro ‘chiste’ de vez en cuando.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento-Leyenda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento-Leyenda. Mostrar todas las entradas
lunes, 23 de mayo de 2011
sábado, 5 de marzo de 2011
Poia, un cuento de los indios nativos-americanos
Un verano cuando hacía demasi¬ado calor y no se podía dormir al aire libre, una chica bonita que se llamaba La Mujer Emplumada dormía afuera en la hierba. Ella abrió sus ojos y vio la estrella de la mañana.
La miró con asombro y reflexionó sobre lo hermoso que era y entonces de enamoró de esta estrella.
Cuando sus hermanas despertaron, ella les dijo que se había enamorado de la estrella de la mañana.
Le dijeron que - “¡estás loca!”
La Mujer Emplumada les dijo a todos en su pueblo de la estrella de la mañana y pronto ella fue objeto de burla entre su gente.
Un dia se fue a sacar agua del arroyo y vio al joven más guapo que jamás pudiera imaginar.
El joven le dijo que era La Estrella de la Mañana. “Sé que me estabas mirando y que te enamoraste de mí. Estuviste mirándome, así que yo te miraba a ti. Te vi en la hierba y sabía que te quería como mi esposa. Ven conmigo a mi casa en el cielo.”
La Mujer Emplumada fue presa con temor y paralizada por el miedo. Ella sabía que trataba con un dios, de pie ante ella. Le dijo a la Estrella de la Mañana que necesitaría tiempo para decirle adiós a su familia. Sin embargo, él le dijo que no había tiempo para eso. Le dio una pluma amarilla mágica y una rama de enebro, y le dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrió de nuevo estaba en el País del Cielo, de pie ante la casa del Lucero del Alba y sus padres el Sol y la Luna. La Mujer Emplumada se enamoró de su marido y sus padres y con el tiempo, dio luz a un nio a quien llamaron Nio Estrella. La Mujer Emplumada necesitaba algo para hacer. La Luna le dio una pala y le dijo que cavara. Le dijo que no debía desenterrar al Gran Nabo que crecía de la casa del Hombre Araña porque si lo hiciera, grandes desgracias ocurrieran.
Un diia se puso La Mujer Emplumada muy curiosa por el Gran Nabo y decidió desenterrarlo. Cuando por fin lo sacó, La Mujer Emplumada podía ver a través del suelo a la tierra y vio a su propia tribu a lo lejos. Al ver a los mortales haciendo sus tareas, se puso muy nostálgica y empezó a llorar. Cuando ya no lloraba, ella enterró al Gran Nabo nuevamente en su lugar y trató de restaurar la tierra alrededor.
Cuando la Estrella de la Mañana regresó a su casa, estaba muy triste, y dijo:
- “Cómo podrías haber sido tan desobediente y desenterrar al Gran Nabo?”
Padre Sol y Madre Luna también estaban muy tristes e hicieron la misma pregunta. Los tres estaban muy tristes porque La Mujer Emplumada ahora debería ser desterrada del País del Cielo.
Cuando La Mujer Emplumada volvió a la tierra, parecía una estrella fugaz. Ella fue recibida de nuevo por su familia y amigos, pero ella nunca fue feliz jamás. A menudo trataba de hablar con La Estrella de la Mañana, pero cuando él le respondió, todo lo que dijo fue, “nunca puedes vol¬ver al País del Cielo. Has cometido un gran pecado y trajiste dolor y sufrimiento al mundo.”
Poco después La Señora Emplumada murió por causa de su infelicidad. El huérfano Niño Estrella vivió con sus abuelos mortales. Fue un muchacho muy tímido con una cicatriz en su rostro. Esto le trajo el apodo Poia (es decir, la cara con la cicatriz). Cuando creció, la gente lo ridiculizaba por la cicatriz y por su pretensión en que decía que era el hijo de la Estrella de la Mañana. Él también fue rechazado por la hija del jefe de la tribu.Su vida fue tan difícil, y consultó a una curandera y ella le dijo que necesitaba ir al País del Cielo y ver a su padre y abuelos inmortales. Así podría hacer su vida mejor. Sin embargo, la mujer de la medicina no sabía cómo llegar al cielo y le dijo que Poia podía encontrar su propio camino.
Poia viajó por meses y meses, sobre montañas, a través de los bosques, sobre los ríos y los desiertos. Por fin llegó al mar y al atardecer cuando el sol se estaba poniendo, los rayos de oro formaron una escalera que siguió hasta el País del Cielo. Cuando conoció Poia a sus abuelos, ellos estaban muy felices y pronto lo convirtie¬ron a ser como ellos.
El Sol le quitó la cicatriz a Poia y le enseñó la danza del sol. Así si los indios Pies Negros realizan esta ceremonia una vez al año en honor del sol, y todos los enfermos son curados. Finalmente regresó a la tierra caminando por la Vía Láctea en los astros. Cuando regresó Poia a su tribu, la gente lo honró.
Ellos aprendieron la danza del sol y la gente fue curada de sus enferme¬dades. Debido a su grandeza, se le permitió a Poia regresar al País del Cielo y ahora es una estrella que se levanta cada dia con la Estrella de la Mañana.
Poia, un cuento de los indios nativos-americanos
Por John Bowden / Para El Crepúsculo, Internet
La miró con asombro y reflexionó sobre lo hermoso que era y entonces de enamoró de esta estrella.
Cuando sus hermanas despertaron, ella les dijo que se había enamorado de la estrella de la mañana.
Le dijeron que - “¡estás loca!”
La Mujer Emplumada les dijo a todos en su pueblo de la estrella de la mañana y pronto ella fue objeto de burla entre su gente.
Un dia se fue a sacar agua del arroyo y vio al joven más guapo que jamás pudiera imaginar.
El joven le dijo que era La Estrella de la Mañana. “Sé que me estabas mirando y que te enamoraste de mí. Estuviste mirándome, así que yo te miraba a ti. Te vi en la hierba y sabía que te quería como mi esposa. Ven conmigo a mi casa en el cielo.”
La Mujer Emplumada fue presa con temor y paralizada por el miedo. Ella sabía que trataba con un dios, de pie ante ella. Le dijo a la Estrella de la Mañana que necesitaría tiempo para decirle adiós a su familia. Sin embargo, él le dijo que no había tiempo para eso. Le dio una pluma amarilla mágica y una rama de enebro, y le dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrió de nuevo estaba en el País del Cielo, de pie ante la casa del Lucero del Alba y sus padres el Sol y la Luna. La Mujer Emplumada se enamoró de su marido y sus padres y con el tiempo, dio luz a un nio a quien llamaron Nio Estrella. La Mujer Emplumada necesitaba algo para hacer. La Luna le dio una pala y le dijo que cavara. Le dijo que no debía desenterrar al Gran Nabo que crecía de la casa del Hombre Araña porque si lo hiciera, grandes desgracias ocurrieran.
Un diia se puso La Mujer Emplumada muy curiosa por el Gran Nabo y decidió desenterrarlo. Cuando por fin lo sacó, La Mujer Emplumada podía ver a través del suelo a la tierra y vio a su propia tribu a lo lejos. Al ver a los mortales haciendo sus tareas, se puso muy nostálgica y empezó a llorar. Cuando ya no lloraba, ella enterró al Gran Nabo nuevamente en su lugar y trató de restaurar la tierra alrededor.
Cuando la Estrella de la Mañana regresó a su casa, estaba muy triste, y dijo:
- “Cómo podrías haber sido tan desobediente y desenterrar al Gran Nabo?”
Padre Sol y Madre Luna también estaban muy tristes e hicieron la misma pregunta. Los tres estaban muy tristes porque La Mujer Emplumada ahora debería ser desterrada del País del Cielo.
Cuando La Mujer Emplumada volvió a la tierra, parecía una estrella fugaz. Ella fue recibida de nuevo por su familia y amigos, pero ella nunca fue feliz jamás. A menudo trataba de hablar con La Estrella de la Mañana, pero cuando él le respondió, todo lo que dijo fue, “nunca puedes vol¬ver al País del Cielo. Has cometido un gran pecado y trajiste dolor y sufrimiento al mundo.”
Poco después La Señora Emplumada murió por causa de su infelicidad. El huérfano Niño Estrella vivió con sus abuelos mortales. Fue un muchacho muy tímido con una cicatriz en su rostro. Esto le trajo el apodo Poia (es decir, la cara con la cicatriz). Cuando creció, la gente lo ridiculizaba por la cicatriz y por su pretensión en que decía que era el hijo de la Estrella de la Mañana. Él también fue rechazado por la hija del jefe de la tribu.Su vida fue tan difícil, y consultó a una curandera y ella le dijo que necesitaba ir al País del Cielo y ver a su padre y abuelos inmortales. Así podría hacer su vida mejor. Sin embargo, la mujer de la medicina no sabía cómo llegar al cielo y le dijo que Poia podía encontrar su propio camino.
Poia viajó por meses y meses, sobre montañas, a través de los bosques, sobre los ríos y los desiertos. Por fin llegó al mar y al atardecer cuando el sol se estaba poniendo, los rayos de oro formaron una escalera que siguió hasta el País del Cielo. Cuando conoció Poia a sus abuelos, ellos estaban muy felices y pronto lo convirtie¬ron a ser como ellos.
El Sol le quitó la cicatriz a Poia y le enseñó la danza del sol. Así si los indios Pies Negros realizan esta ceremonia una vez al año en honor del sol, y todos los enfermos son curados. Finalmente regresó a la tierra caminando por la Vía Láctea en los astros. Cuando regresó Poia a su tribu, la gente lo honró.
Ellos aprendieron la danza del sol y la gente fue curada de sus enferme¬dades. Debido a su grandeza, se le permitió a Poia regresar al País del Cielo y ahora es una estrella que se levanta cada dia con la Estrella de la Mañana.
Poia, un cuento de los indios nativos-americanos
Por John Bowden / Para El Crepúsculo, Internet
domingo, 27 de febrero de 2011
El Eremita astuto (Cuento Hindú)
Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida.
Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio.
Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos.
Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino.
El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo.
Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión.
Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario.
En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.
Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
-Muy bien, pero que muy bien.!Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
-Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
-¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.
*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser.
Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.
Fuente-Internet
budistas.net/
Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio.
Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos.
Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino.
El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo.
Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión.
Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario.
En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.
Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
-Muy bien, pero que muy bien.!Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
-Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
-¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.
*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser.
Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.
Fuente-Internet
budistas.net/
martes, 22 de febrero de 2011
Stoerkodder, el anciano feroz ( Nórdico )
Stoerkodder fue el más orgulloso, el más fuerte y valeroso de los guerreros vikingos. Pero tuvo la desdicha de que ninguna espada bebiera su sangre antes de que la terrible vejez cayera sobre sus huesos.
– ¿Tendré que morir en mi cama, como un hombre de baja cuna? –se preguntaba–.
- ¿No existe para mí una lanza lo bastante aguda, una espada lo bastante filosa para enviarme a participar en el festín de Odín?
Una muerte sin gloria me llevará confundido para siempre con los esclavos, los comerciantes o los cuentistas.
Un día Stoerkodder puso en una bolsa todo el oro que poseía, la ató a su cuello, tomó dos espadas y encorvado sobre sus muletas salió a buscar a la muerte por los caminos.
Sin embargo, aún inválido, su fama lo precedía y nadie deseaba atacarlo ni provocar su cólera.
A todos desafiaba, a todos insultaba con palabras brutales, tratando de que alguien le propusiera por fin la lucha final. Maltratando y escarneciendo a sus amigos y enemigos, vagaba de comarca en comarca, despertando el temor y la pena. Y en todas partes encontraba como única respuesta el respeto y los buenos deseos.
Un día, cuando atravesaba la llanura de Roliung, vio venir una bulliciosa partida de caza, que volvía con alegría de una jornada favorable. Stoerkodder, caminando penosamente sobre sus muletas, no hizo el menor esfuerzo por dejar paso. El noble señor que comandaba la partida dio orden a dos de sus servidores de que echaran a un lado a ese mendigo que se atravesaba en su camino.
Usando sus muletas como única arma y con la fuerza descomunal de sus enormes brazos, el anciano hizo caer a los dos jinetes de sus caballos y los dejó tendidos en la tierra.
El noble cazador, asombrado, se adelantó para hablar con él.
– ¿Quién eres, gran guerrero, capaz de hacer con la madera lo que otros hacen con el hierro?
–Soy demasiado viejo y tú demasiado joven para que nos podamos conocer –dijo el anciano–. Pero quizás alguno de tus antepasados oyó hablar de Stoerkodder.
–Ilustre Stoerkodder, todo hombre de coraje ha escuchado tu nombre desde la infancia. Hader, hijo de Hlennes, te saluda y te honra.
–Entonces me equivocaba: te conozco. Te pareces a tu padre, con el que tuve buena amistad. Muy viejos deben estar mis ojos para que no haya reconocido tu estirpe de inmediato. La última vez que vi a tu padre, Hlennes, tenía el cráneo abierto hasta las cejas y mi espada Skum estaba clavada en él, tan profundamente que tuve que apoyar el pie en su frente para extraerla.
–En aquel tiempo –dijo Hader–, yo acababa de nacer. Y me han contado, en efecto, que mi padre cayó bajo tu espada en justo y leal combate.
Al oír estas palabras, Stoerkodder enrojeció. Sus ojos se inflamaron y dijo con voz de tormenta:
– ¡Así saludas al hombre que mató a tu padre! Me saludas humildemente, me llamas ilustre, me rindes homenaje y el relato de la derrota de tu padre se confunde en tu memoria con las canciones de cuna de tu nodriza. ¡Ah, ya todo es vicio y cobardía! ¡Desde luego, algo huele a podrido en el reino de Dinamarca! Un joven encuentra al que más gravemente enfrentó a su familia y se da la vuelta preguntándose si no sería preferible huir lo más pronto posible.
Hader palideció.
–Calla, anciano –dijo gravemente–. No me hagas olvidar que tus cabellos son blancos y que tus piernas ya no te sostienen.
–Tu sangre habla –dijo Stoerkodder–. No ha muerto toda dignidad en ti. Me complace. Por eso yo, que nunca he rogado nada a nadie, te pido esto como una gracia: nadie se digna a poner remedio a mi achacosa vejez y tú eres mi única esperanza. Si tienes alguna admiración por el viejo Stoerkodder, dame el fin que reclamo; piensa que así cumplirás también con tu deber hacia tu padre.
Tomó la bolsa que llevaba atada al cuello y que contenía todo su oro.
–Ésta es mi herencia. Es tuya como pago y recompensa por tu buena acción.
–Que se haga conforme a tus deseos –dijo solemnemente Hader.
Bajó del caballo y sacó su espada. Pero Stoerkodder lo contuvo.
–Hay un solo acero capaz de matar a Stoerkodder: es Skum, mi buena hoja. Tómala con mano firme. Cuando yo incline la cabeza, golpéame en la nuca. No tiembles, ni des el golpe blandamente, pues tienes que separar la cabeza del tronco. Si al tiempo que me golpeas, alcanzas a saltar entre mi cuerpo y mi cabeza antes de que caigan al suelo, tu carne se volverá invulnerable a todo acero, serás insensible y nadie podrá herirte jamás.
¡Y ahora, que sea ya, Hader, hijo de Hlennes!
Como lo había asegurado, Stoerkodder bajó la cabeza y presentó su nuca. Hader, tomando con las dos manos la pesada espada Skum, la dejó caer con todas sus fuerzas en un golpe seco y brutal.
La cabeza cayó sobre la hierba y los hombres que se amontonaban alrededor vieron la boca del viejo guerrero morder y triturar la hierba al exhalar su alma feroz.
Pero Hader no intentó saltar entre el cuerpo y la cabeza del enorme Stoerkodder, porque sospechaba que el héroe, planeando su propia venganza, había de matarlo aplastándolo al caer sobre él con la enorme masa de su cuerpo sin cabeza.
Honrosamente, bajo un túmulo funerario, fue enterrado el viejo Stoerkodder. Luego Hader, hijo de Hlennes, tomó el oro y a Skum, la noble espada, y reuniendo a sus compañeros prosiguió su camino.
Fuente: Internet\Historia recopilada y narrada por Roberto Malo (escritor y animador)
– ¿Tendré que morir en mi cama, como un hombre de baja cuna? –se preguntaba–.
- ¿No existe para mí una lanza lo bastante aguda, una espada lo bastante filosa para enviarme a participar en el festín de Odín?
Una muerte sin gloria me llevará confundido para siempre con los esclavos, los comerciantes o los cuentistas.
Un día Stoerkodder puso en una bolsa todo el oro que poseía, la ató a su cuello, tomó dos espadas y encorvado sobre sus muletas salió a buscar a la muerte por los caminos.
Sin embargo, aún inválido, su fama lo precedía y nadie deseaba atacarlo ni provocar su cólera.
A todos desafiaba, a todos insultaba con palabras brutales, tratando de que alguien le propusiera por fin la lucha final. Maltratando y escarneciendo a sus amigos y enemigos, vagaba de comarca en comarca, despertando el temor y la pena. Y en todas partes encontraba como única respuesta el respeto y los buenos deseos.
Un día, cuando atravesaba la llanura de Roliung, vio venir una bulliciosa partida de caza, que volvía con alegría de una jornada favorable. Stoerkodder, caminando penosamente sobre sus muletas, no hizo el menor esfuerzo por dejar paso. El noble señor que comandaba la partida dio orden a dos de sus servidores de que echaran a un lado a ese mendigo que se atravesaba en su camino.
Usando sus muletas como única arma y con la fuerza descomunal de sus enormes brazos, el anciano hizo caer a los dos jinetes de sus caballos y los dejó tendidos en la tierra.
El noble cazador, asombrado, se adelantó para hablar con él.
– ¿Quién eres, gran guerrero, capaz de hacer con la madera lo que otros hacen con el hierro?
–Soy demasiado viejo y tú demasiado joven para que nos podamos conocer –dijo el anciano–. Pero quizás alguno de tus antepasados oyó hablar de Stoerkodder.
–Ilustre Stoerkodder, todo hombre de coraje ha escuchado tu nombre desde la infancia. Hader, hijo de Hlennes, te saluda y te honra.
–Entonces me equivocaba: te conozco. Te pareces a tu padre, con el que tuve buena amistad. Muy viejos deben estar mis ojos para que no haya reconocido tu estirpe de inmediato. La última vez que vi a tu padre, Hlennes, tenía el cráneo abierto hasta las cejas y mi espada Skum estaba clavada en él, tan profundamente que tuve que apoyar el pie en su frente para extraerla.
–En aquel tiempo –dijo Hader–, yo acababa de nacer. Y me han contado, en efecto, que mi padre cayó bajo tu espada en justo y leal combate.
Al oír estas palabras, Stoerkodder enrojeció. Sus ojos se inflamaron y dijo con voz de tormenta:
– ¡Así saludas al hombre que mató a tu padre! Me saludas humildemente, me llamas ilustre, me rindes homenaje y el relato de la derrota de tu padre se confunde en tu memoria con las canciones de cuna de tu nodriza. ¡Ah, ya todo es vicio y cobardía! ¡Desde luego, algo huele a podrido en el reino de Dinamarca! Un joven encuentra al que más gravemente enfrentó a su familia y se da la vuelta preguntándose si no sería preferible huir lo más pronto posible.
Hader palideció.
–Calla, anciano –dijo gravemente–. No me hagas olvidar que tus cabellos son blancos y que tus piernas ya no te sostienen.
–Tu sangre habla –dijo Stoerkodder–. No ha muerto toda dignidad en ti. Me complace. Por eso yo, que nunca he rogado nada a nadie, te pido esto como una gracia: nadie se digna a poner remedio a mi achacosa vejez y tú eres mi única esperanza. Si tienes alguna admiración por el viejo Stoerkodder, dame el fin que reclamo; piensa que así cumplirás también con tu deber hacia tu padre.
Tomó la bolsa que llevaba atada al cuello y que contenía todo su oro.
–Ésta es mi herencia. Es tuya como pago y recompensa por tu buena acción.
–Que se haga conforme a tus deseos –dijo solemnemente Hader.
Bajó del caballo y sacó su espada. Pero Stoerkodder lo contuvo.
–Hay un solo acero capaz de matar a Stoerkodder: es Skum, mi buena hoja. Tómala con mano firme. Cuando yo incline la cabeza, golpéame en la nuca. No tiembles, ni des el golpe blandamente, pues tienes que separar la cabeza del tronco. Si al tiempo que me golpeas, alcanzas a saltar entre mi cuerpo y mi cabeza antes de que caigan al suelo, tu carne se volverá invulnerable a todo acero, serás insensible y nadie podrá herirte jamás.
¡Y ahora, que sea ya, Hader, hijo de Hlennes!
Como lo había asegurado, Stoerkodder bajó la cabeza y presentó su nuca. Hader, tomando con las dos manos la pesada espada Skum, la dejó caer con todas sus fuerzas en un golpe seco y brutal.
La cabeza cayó sobre la hierba y los hombres que se amontonaban alrededor vieron la boca del viejo guerrero morder y triturar la hierba al exhalar su alma feroz.
Pero Hader no intentó saltar entre el cuerpo y la cabeza del enorme Stoerkodder, porque sospechaba que el héroe, planeando su propia venganza, había de matarlo aplastándolo al caer sobre él con la enorme masa de su cuerpo sin cabeza.
Honrosamente, bajo un túmulo funerario, fue enterrado el viejo Stoerkodder. Luego Hader, hijo de Hlennes, tomó el oro y a Skum, la noble espada, y reuniendo a sus compañeros prosiguió su camino.
Fuente: Internet\Historia recopilada y narrada por Roberto Malo (escritor y animador)
domingo, 13 de febrero de 2011
Playa de La Garza
Garza, o la Playa de Garza, es un lugar del litoral en la región de Nicoya.
Allí se ha establecido un reciente y pequeño poblado cuyas gentes viven, principalmente, de la explotación de preciosos árboles maderables, como cedros, pochotes, cocobolas y caobas. A propósito de su nombre se refiere a la siguiente leyenda:
Mucho antes de que los blancos y barbados hubieran aparecido pos las playas que bañan el golfo de Nicoya, ese zafiro inmenso que se engasta en la coorna de cerros amatista y esmeralda que lo circulan, Diriá, el belicoso Cacique, envio una numerosa exspedición de guerreros a combatir a las tribus de Nosara.
Como rápidos y silenciosos coyotes los diriagueños cruzaron por entre tupidos matorrales; atravesaron ríos, nadando con las armas a la espalda; se abrieron trillos de danta bajo las cúpulas de los altos espabeles del bosque. Al fin de dos jornadas tuvieron a la vista una de las rancherías de las gentes de Nosara.
Unos cazadores nosareños descubrieron la presencia la presencia de sus enemigos y corrieron a avisar a los pobladores de los ranchos. Resonó el caracol, llenando el ámbito de zozobra. Tras de incendiar sus palenques, hombres, mujeres y niños, se internaron en las montañas vecinas a fin de escapar de sus invasores y en seguida tener tiempo para combatirlos.
La lucha fue sangrienta. Durante varios días flechas y hachas de ambos bandos combatientes no descansaron, clavándose en los robustos pechos, o rompiendo cabezas coronadas con plumas de lora.
Perdiendo terreno, los nosareños se iban replegando hacia la costa; sus bravos tapaliguis no retrocedían sin ofrecer tenaz resistencia a los diriageños. Sin embargo, la suerte de la lucha parecía a los súbditos del gran cacique Diriá.
A pesar del coraje de su hombres los nosareños iban a ser vencidos: cayó su jefe; los mejores guerreros fueron despedazados a manos de sus rivales; el pánico empezaba a cundir en las filas de sus flecheros.
En tan apurado trance apareció una mujer que se puso en frente de los combatientes. Era una mujer hermosa y ágil, culla piel tenía el color dorado de la canela. Volaba de uno a otro lugar, animando a los guerreros: hasta los mismos heridos recobraban ánimos y fuerzas, al verla tan animosa, y tan gallarda, y tan dispuesta a la lucha. De tal modo los animó y los guió que, al fin, los nosareños lograron poner en fuga a sus invasores.
Cuando al caer la tarde del último día de batalla los vencedores comenzaron a recoger a sus muertos y a curar a sus heridos, los cuales yacían sobre la arena de la playa, vieron que la doncella, que los había salvado de la derrota, estaba inmóvil cerca del agua, desangrándose por una herida abierta en el pecho; a su lado una esbelta garza morena, con el plumaje teñido en sangre, parecía acompañarla.
Murió la doncella y la garza desplegó sus alas en vuelo majestuoso sobre aquella playa de la Garza, y lentamente, se perdió en una lejanía de fuego y de azul esplendidos.
Fuente: Carlos Luis Sáenz. “Playa de la Garza”. En su libro “Las semillas de nuestro Rey”, p.44-68
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

